Las Colonias Reubicaciones

Te invitamos a conocer la información sobre las Colonias Reubicación 1, 2 y3 en el municipio de Chalatenango.

Vivir en círculo no los ha mareado. Al contrario, los llevó a organizarse de tal manera que incluso lograron incluir como punto de discusión en la agenda de la Asamblea que se pudieran convertir en municipio.

Son parte de los miles de desplazados hace tres décadas por la construcción de la represa Cerrón Grande, la más grande del país. La alternativa que les ofrecieron fueron tres colonias pegadas al embalse que anegó sus cantones. En tierra impresionan por su grado de organización y su tranquilidad.

Desde el cielo impresionan aún más por su peculiar diseño urbanístico en forma de rueda de carreta.

Reubicación 2, Chalatenango

Vista de la colonia Reubicación 2, las otras dos colonias tienen la misma forma, divididas en 16 polígonos iguales.

La yuca estaba sazona pero se malogró. Treinta y dos años después, aquel plantío perdido aún martillea la memoria de quienes lo sudaron. Lourdes y Toña Acosta –hermanas de 68 años y 49 años– lo cuentan sentadas en unas sillas de plástico, junto a una pared sin repello singularizada por un reloj redondo y chino.

Es la casa que recibieron cuando, en contra de su voluntad, abandonaron el malogrado cantón Areneros, en Chalatenango. Incluso la Guardia Nacional tuvo que intervenir.

—Nos fuimos hasta el último momento, cuando el agua casi llegaba a la casa. La Guardia Nacional nos sacó en camión con todo y gallinas, tejas… Con mi hermana sudamos tratando de arrancar la yuca, pero era muy tarde ya. Ahí quedó… –habla Toña, de piel clara, piel chalateca.

La yuca, dicen los entendidos, es un cultivo que requiere de altas concentraciones de humedad, pero un terreno inundado es demasiado.

El cantón Areneros lo sepultó un mar de agua dulce, una superficie cinco veces mayor que el lago de Coatepeque. Lo sumergió la represa del Cerrón Grande, que hoy sigue siendo el cuerpo de agua más extenso del país.

Colonias Reubicaciones, Chalatenango

Vista aérea de las Colonias Reubicaciones, Chalatenango. (Reubicación 1, Reubicación 2 y Reubicación 3, respectivamente de arriba hacia abajo).

Toña y Lourdes son dos de las miles –miles– de personas que resultaron afectadas por la reubicación más masiva en la historia de la Comisión Ejecutiva Hidroeléctrica del Río Lempa (CEL). Hoy siguen viviendo en el hogar que, a regañadientes, aceptaron tomar.

La vivienda está en una de las tres colonias Reubicación, un nombre poco original para una extravagancia urbanística que algunos residentes se atreven a llamar la Brasilia salvadoreña.

Son tres colonias circulares. Vistas desde el aire, parecen tres gigantescas ruedas de carreta abandonadas junto al lago. Además de curiosa, esta alternativa resultó ser funcional. Hasta Lourdes, una de las más firmes detractoras del proyecto en sus inicios, ve hoy con buenos ojos el cambio.

—Cuando llegamos aquí no nos gustaba para nada. Teníamos roces con los demás reubicados que venían de otros cantones o haciendas. No había árboles ni cultivos, solo un gran calorón. Y hasta Suchitoto nos quedó bien lejos, allá detrás del lago.

No fue sencillo permutar lo urbano por lo rural, ni lento. La transición duró tres años. En 1975 ya vivía en la colonia Reubicación 1. Sin embargo, de forma clandestina siguió llegando a Areneros hasta que en 1976 el agua fue subiendo y orillándola a no regresar.

En febrero de 1977 se dio cuenta de que la cosa era definitiva. La represa fue inaugurada oficialmente, y hasta el dictador Anastasio Somoza, entonces presidente de Nicaragua, llegó a ver la puesta en marcha de una de las pocas obras que en El Salvador merecen el calificativo de titánica.

—Ufff… estoy mejor aquí –reflexiona Lourdes.

Una vida.

Toña Acosta, de 49 años, saca agua del pozo de su casa, ubicado en la Reubicación 1. Ella vive ahí desde el desalojo forzado de mediados de los setenta.

Irse a las colonias Reubicación fue una opción, no una obligación. “CEL compró las tierras que iban a inundarse –dice Toña–, pero a la gente con menos recursos nos permitieron elegir entre tres tipos. Mi mamá compró la más humilde (de dos cuartos y corredor, más un solar de dos manzanas) por 3,500 colones.”

Con los años y los hijos se le han agregado más cuartos y tres frondosos árboles de mango que logran amortiguar el aire bochornoso que vaga por estas ciudadelas que parecen trazadas por un compás gigante.

Además de tener la carretera cerca, vivir en Reubicación 1 tiene sus ventajas. Las más de 200 casas disponen de una escuela primaria, alumbrado público y agua potable. Hay un puñado de tiendas, molinos para el maíz, cantinas y tienen cerca su propio cementerio y sus iglesias, una católica y otra evangélica.

Casi todo mundo tiene teléfono fijo, incluidas las Acosta. Las calles tienen parches de cemento, empedrado y asfalto. “Hasta lancha he comprado para andar en el lago”, agrega Lourdes.

Dicho esto, un camión recolector de basura de la Alcaldía de Chalatenango se detiene frente a la fachada de su casa de esquina. La cabecera departamental está situada a unos nueve kilómetros hacia el oriente, y las colonias Reubicación dependen administrativamente de esa municipalidad.

Cada Reubicación posee un enorme y redondo parque central, donde caben la cancha de fútbol, la escuela y la iglesia católica. Desde allí se irradian 16 pasajes que terminan en otra calle más amplia que completa una circunferencia de 1,571 metros exactos de longitud.

Las casas y los terrenos adquieren una dimensión mayor a medida que se alejan del centro. “Aquí no se pierde uno. Si usted camina para allá viene a salir otra vez acá”, bromea Lourdes. Las calles no tienen nombres, salvo algunos no oficiales como Brisas del lago o La calle sin ley.

Cerca de las hermanas Acosta reside Mónico Borjas. Sus ojos verdes y vivarachos matizan sus 80 años de edad. Él y otros lugareños son partidarios de que las tres colonias juntas se conviertan en el municipio salvadoreño número 263.

—Por 27 años fui presidente de la Asociación de Desarrollo Comunal (ADESCO) de Reubicación 1, y desde 1975 hemos tenido todos los servicios básicos, menos aguas negras y calles pavimentadas…”

Mónico recuerda que la CEL adquirió un compromiso social con la comunidad desde que empezaron a excavar la represa, se apoya en un conjunto de resoluciones publicadas en el Diario Oficial de las que tiene fotocopia y que ha leído hasta la saciedad.

—Yo creo que con 1,500 personas viviendo en cada una de las Reubicaciones podríamos velar por nuestros propios intereses, deberíamos ser independientes –afirma Mónico mientras se balancea en una de sus cuatro hamacas; luego, lleva su mirada a una voluptuosa rubia que se desparrama en la pantalla de su pequeño televisor con Direct TV.

El proyecto de convertirse en municipio no está solo en su mente y en la de sus vecinos. Incluso llegó a ser debatida en San Salvador. Entre 1992 y 1995 la petición formal llegó a la Asamblea Legislativa pero, al igual que le ocurrió a Planes de Renderos hace un par de años, nadie les hizo caso.

Entonces se resignaron a ser un satélite de Chalatenango, alcaldía que en este momento empieza a introducirles el servicio de aguas negras, anhelado durante tres décadas. Una ONG, dice Mónico, les ha prometido concretear las calles de los 16 polígonos, que se ordenan en el sentido de las flechas del reloj. El radio norte es el pasaje uno y así sucesivamente.

—¡Si se convierte esto en municipio todo mundo va a querer ser alcalde! –interrumpe riendo Mabel Murillo, habitante de Reubicación 2—. Eso ya es una idea abandonada. Pero aquí la gente busca mejorar por sí sola. Los hermanos lejanos ayudan, hay ONG que colaboran y eso nos tiene a flote.

Mónico balbucea, con cierto recelo, que Reubicación 2 es el centro administrativo del trío, que así lo designó urbanísticamente la CEL hace 33 años. La actitud de Mónico quizá se deba a que el conjunto centralizador dista un kilómetro al oriente de la 1, donde él reside. Los separan un desarrollo relativamente disparado, el río Motochico y un puente colgante ruinoso. Aparte de eso, las colonias son idénticas en el aspecto urbanístico.

Desarrollo

El número de residentes es tan alto que existe una ruta –la 300– que se creó para mantenerlos comunicados con la cabecera departamental.

Reubicación 2 es la única rueda de carreta que está señalizada con un rótulo desde la carretera. Está pando y en él se lee Núcleo 2. Los buses de la ruta 300, Chalatenango-Reubicación, atienden la indicación y se introducen hasta su médula. Allí hay un centro escolar donde se estudia bachillerato, una unidad de salud, un gimnasio, un cibercafé y un kínder.

Se ven casas de uno, dos y tres pisos, una sorbetería, un minisúper, comedores, una iglesia con campanario y cúpula y casetas telefónicas. Y sobre sus calles, la mayoría pavimentadas o de concreto, circulan mayor número de vehículos y reubiqueños o reubicados. Ni ellos se han puesto aún de acuerdo. De vez en cuando se escuchan los cascos de alguien que cabalga a lomo de caballo. Y también cuenta con su propio cementerio con capilla.

Es una comunidad ordenada y limpia. “Hay mucha gente que me dice que esta es una Brasilia, una ciudad bien planificada. Que somos un modelo. Las calles y casas son amplias, mucho más que las de San Salvador y vivimos bien así en círculos”, se jacta convencido Miguel Rodríguez, presidente de la ADESCO de Reubicación 2.

Él asegura que mucha gente ha dejado de ser pobre producto de residir aquí: “Se pagaron 4,200 colones por una casa y dos manzanas para cultivos, y a la vuelta de los años ahora solo el terreno, cerca de la carretera, vale más de $23,000”.

Miguel narra, un tanto fascinado, que las Reubicaciones se van a poner mejor porque la carretera que los une con Chalatenango se convertirá algún día en la Longitudinal del Norte, y cree que aumentará aún más su valor: “Hay bastante gente de Chalate que quiere comprar un terreno aquí.

Quieren poner negocio o vivir acá. La gente se está dando cuenta del valor que tienen estos terrenos, que son tierra plana, no quebrados y aislados como en los que vivíamos antes”.

Rodríguez se ha enterado de que la mesiánica carretera bordeará otros sitios donde la CEL también ha proyectado construir nuevas represas: El Cimarrón, al oeste de Chalatenango, y El Chaparral, al norte de San Miguel. “La gente que va a ser reubicada allí tiene que ver si a donde los van a llevar es mejor. Necesitan ser visionarios y pensar que a la larga las cosas mejoran”, aconseja.

En el quinto piso del edificio de la CEL en San Salvador, Ramón Moreno, jefe de comunicaciones, aprovecha la idea de hacer un reportaje sobre las rarezas urbanísticas chalatecas para halar agua para su molino. “En su vida pensaron tener una propiedad así”, dice clara en referencia a las viviendas que la entidad está ofreciendo hoy a quienes se oponen a los nuevos proyectos.

Moreno desconoce quien fue el urbanista que diseñó las Reubicaciones, pero sabe que es un concepto importado y que es un verdadero éxito en términos de desarrollo social y urbano. Sin embargo, en el caso de la represa El Chaparral, que arranca este año, y el proyecto Cimarrón no se reubicará a gente de esta manera. Según la cifras de la CEL, el primero afecta a 438 personas y el segundo a unas 600

—Relativamente es poca gente en ambos casos.

La represa Cerrón Grande implicó movilizar a más de 10,000 personas y no todas quisieron vivir en las Reubicaciones. Algunas se fueron con la indemnización a otras ciudades.

La Reubicación 3 tiene una misma calle de entrada y salida. Para llegar a ella hay que atravesar antes por la número 2, lo que permite percartarse de las diferencias entre ambas. Las calles en el núcleo 3 siguen empedradas. Se ve poco comercio. Poco tráfico. La iglesia es de menor dimensión.

Y algunos muros exhiben grafitos desteñidos referentes a las maras, si bien los residentes consultados aseguraron que lo desteñido es significativo, que antes sí vivían con zozobra, pero que hoy su presencia es casi nula.

—¿De qué vive la gente en las Reubicaciones?

—El 20% de la gente son pescadores –responde José Baltasar Menjívar, vicepresidente de la ADESCO de la colonia Reubicación 3–, el 20% se dedica a actividades agrícolas, otro 20% son ganaderos y el último 20% vive de las remesas.

Sin percatarse de que las cuentas no cuadran, ejemplifica los efectos de las remesas con una casa con ventanas francesas de vidrio ahumado.

—Muchos acá se han ido a Estados Unidos, Suecia y Australia. A Costa Rica, por decirle algo, se ha ido un buen número de personas de acá y están bien.

Baltasar considera que su comunidad no solo interpreta un literal papel “tercerón” con respecto a las otras Reubicaciones. Está consciente de que las carencias son mayores y de que llegaron recientemente otras personas a vivir en la periferia, algunos en champas, y sin títulos que legitimen su ocupación. Las nuevas construcciones a los costados ya no continúan con el trazado original circular a la que Baltasar atribuye haberse convertido en comunidades unidas y solidarias.

El subdirector de la escuela local, José Elio Alas, está medio contento. El Gobierno les prometió ayuda y sí cumplieron. Enviaron computadoras, como solicitaron al Ministerio de Educación, pero solo cinco para una población estudiantil de 500 alumnos. Una para cada 100 alumnos. La CEL algo aportó: les construyó un galerón para proteger de las inclemencias del tiempo a los que practican el baloncesto. “Inversión de a poco”, resume Elio.

Los habitantes de las Reubicaciones continúan vinculados a la tierra de infancia que quedó sumergida. Les gusta asomarse a la orilla de la represa-lago, para ver si encuentran pedazos de otro ayer o el reflejo de su propia identidad.

Reubicación 2 incluso tiene su propio museo. Filadelfio Recinos se ha convertido en museógrafo y guía.

—La mayoría de habitantes de este lugar venimos de un cantón grande que se llamaba Santa Teresa, que quedaba más lejos, allá por Potonico (en la ruta hacia La Montañona), pero de Santa Teresa solo quedaron los paredones y las partes de la iglesia.

La afirmación de Filadelfio es una exageración. De Santa Teresa se conservan una docena de cántaros y artefactos agrícolas, muebles, y una enorme y carcomida cruz de caoba en la que se lee Santa Misión de Los Franciscanos. 27 de abril de 1951.

Hay un anzuelo del tamaño de una mano extendida que se supone servía para pescar róbalos que remontaban el río Lempa antes de la existencia de represas. Y una docena de planchas de hierro oxidadas, entre otras cosas, que pueden ser vistas y respiradas en el museo.

“La intención es conservar la memoria histórica”, afirma el reubicado o reubiqueño, cuya labor fue reconocida el año pasado por CONCULTURA. Como paradoja, Don Fila –como lo llaman aquí– alquila parte de su casa a los representantes de la CEL en las Reubicaciones.

A su vez, en esta oficina la autónoma cobra pasturaje a los ganaderos. Tarifas módicas para que las vacas deambulen por terrenos estatales, de notoria fertilidad, que surgen cuando el embalse muestra su nivel más bajo, como ocurre estos días, cuando es posible ver a luz caracolas y todo tipo de basura industrial entre cimientos de calles, casas y hasta el cementerio de lo que fue el cantón Areneros.

A los vestigios del cantón Santa Teresa hasta música de mariachi le llevan en octubre, cuando celebran el día de su santa. Media Reubicación 2 se traslada en buses y carros hasta la orilla del embalse. Asan gallinas, beben gaseosas y simultáneamente observan la cúpula del campanario que parece flotar sobre el lago.

“Mire, no todos aquí somos del mismo lugar, y no a todos les gusta ir en grupo a ver de dónde salieron”, dice Marta María Monjes, quien percibe que a los reubicados provenientes de los cantones San Juan del Hoyo y El dorado no les gusta relacionarse con los del cantón Santa Teresa: “La gente se complica. Quieren mantener diferencias y no se dan cuenta de que aquí ya llevamos años siendo un solo pueblo”.

Hubo un tiempo en el que existió mayor rivalidad entre las Reubicaciones, comenta José Baltasar Mejía: “Las diferencias de desarrollo o de orgullo se medían con el fútbol”. Los mascones entre equipos con nombres que denotan su primitivo origen El dorado o Pescadores ya no son bélicos. “Ahora todos somos cheros”, puntualiza Baltasar.

Parroquia nueva. Este es el campanario de la iglesia católica de la colonia Reubicación 2. El templo nada tiene que envidiar a otros de pequeños municipios del país.

Como sucede con las peruanas líneas de Nazca, las formas geométricas de las Reubicaciones salvadoreñas pueden ser mejor interpretadas desde cientos de metros arriba, no desde la superficie. “Ya he visto desde la ventanilla esos pueblos redondos. Siempre me llamaron la atención, pero no sé ni cómo se llaman.

Pensé que eran ciudades hondureñas o comunidades de desplazados por algún terremoto”, dice Antonio Carranza, sobrecargo de Delta Airlines, aerolínea que vuela a diario a Estados Unidos. Las tres Reubicaciones lucen como todo un despliegue geométrico, flanqueado por la línea recta de la carretera, los contornos irregulares del lago y docenas de parcelas rectangulares, que lucen más ordenadas que una cabecera departamental que se desparrama por colinas y pequeños valles.

Hace pocos días una aeronave aterrizó en la escuela de Reubicación 2. No era un avión de pasajeros, sino un helicóptero de la CEL que traía a bordo a su presidente: Nicolás Salume. Él y personeros del Fondo Ambiental de El Salvador (FONAES) venían a inaugurar un proyecto de capacitación de jóvenes en materia medioambiental, iniciativa que no está ligada a los compromisos adquiridos por la autónoma con las comunidades tras la construcción del Cerrón Grande.

Sin embargo, en las tres Reubicaciones la noticia del helicóptero corrió como pólvora. “Dicen que allí anda el presidente de CEL, ojalá que se baje y hable con nosotros para ver en qué nos ayudar”, dijo Ana López. Ella no pide luz, agua o adoquines. Quiere un empleo. Pero obtener una plaza en la CEL o en otro lugar no está estipulado como medida compensatoria por reubicación, y menos si eso sucedió hace más de 30 años.

Mientras el helicóptero de la CEL empezaba a gravitar con la intención de regresar a la capital, Carlos Menjívar, un niño de siete años murmuraba triste: “Puya, necesito una foto de esto. Es que nadie me va a creer que aquí paró un avión”. Salume solo agitaba la mano. El niño no sabía quién era él ni para qué llegó.

“Creo que lo que lo más importante que hemos ganado viviendo aquí es seguir viviendo. La guerra por acá estuvo perra. Bien fea. No sé qué hubiera pasado con nosotros si nos hubiéramos quedado allí en medio del monte”, subraya Lourdes Acosta, la hermana que perdió su cultivo de yuca en 1976, mientras se lleva las manos a la cara.

Otros pobladores dicen que el parque central sirvió para que el ejército los pusiera a todos en fila y los cuestionara sobre sus ideologías políticas. Lourdes explica que el cementerio de Reubicación 1 nació porque había necesidad de enterrar a los muertos sin tener que cruzar el río Motochico. Los toques de queda y exponerse a caminar hasta el próximo asentamiento fue lo que disparó que cada Reubicación adquiriera algún grado de autonomía.

Los ojos color caramelo de Lourdes se tornan rojos. Destilan lágrimas: “A mi mamá le encantaba andar en lancha, ir a la otra orilla allá por Suchitoto a traer leña y visitar a su hermano”. Lourdes cuenta que Rafaela, su octogenaria progenitora, pidió hace ocho años que la llevaran de vuelta al cantón Areneros. Quería contemplar lo que quedaba.

—Mis hijos subieron a la viejita chiniada en la lancha, porque estaba enferma. A ella le gustaba ir sentada en la punta, sintiendo el viento a favor.
Hicieron un almuerzo a la orilla del lago y Rafaela los animó.

—Vengan aquí de vez en cuando, aquí es lindo, ¿para qué van a ir a otro lado a pasar la Semana Santa?

Ochos semanas después ella murió, Lourdes dice que feliz porque su mamá se dio cuenta de que vivir en Reubicación 1 había mejorado la calidad de vida de sus siete vástagos y, de alguna manera nunca se fue de su cantón Areneros natal.

Toña se ha prometido que no se irá de Reubicación 1. Su miniciudad parece tenerlo todo.

—Aquí estoy bien. Es muy bonito el diseño. Si camino por allí, voy a dar acá de nuevo. Nadie se pierde.

Lo único que se perdió fue la yuca…

 

Fragmento del artículo “Crónica de una solución redonda”, publicado en la revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, en junio de 2008.

11 Comentarios

  1. Vanessa V 30 de noviembre de 2017
  2. Edwin López 23 de noviembre de 2017
  3. Douglas 14 de junio de 2016
  4. JOSE MARIA VASQUEZ 8 de febrero de 2015
  5. Rene 21 de octubre de 2014
    • Cruz R 10 de julio de 2017
  6. Rene 21 de octubre de 2014
  7. maria Vasquez 16 de octubre de 2014
  8. maria Vasquez 16 de octubre de 2014
  9. Cruz R 6 de julio de 2014
  10. Jaqueline E. 20 de mayo de 2014

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